viernes, 13 de junio de 2014

Noticias de interés









El ruido que ha hecho Juan Gabriel

El ruido de las cosas al caer recibió un premio más, esta vez en Irlanda. Una novela que se lee en muchas partes.
POR MÓNICA QUINTERO RESTREPO | Publicado el 13 de junio de 2014
El ruido que ha hecho Juan GabrielLas reputaciones, el libro más reciente de Juan Gabriel Vásquez, no le ha quitado la reputación a El ruido de las cosas al caer, y eso que ya han pasado tres años desde que se ganó el premio Alfaguara y se publicó.

La novela recibió este jueves el premio literario Impac, considerado el más importante de Irlanda, pero interesante a nivel mundial porque las nominaciones las hacen bibliotecas de diferentes países, que esta vez fueron 150, de 39 naciones. La obra de Juan Gabriel fue nominada por la Biblioteca Daniel Cosío Villegas de Ciudad de México.

"Un magistral thriller literario — explicó el jurado—. A través de un perfecto dominio de las líneas temporales, de unos misterios en espiral y de una paleta noir, revela cómo las vidas privadas se ven ensombrecidas por la historia: cómo el pasado es un depredador del presente, y cómo el destino, tanto de los individuos como de los países, acaba siendo moldeado por acontecimientos distantes o encubiertos".

El galardón nació en 1996 y es la primera vez que se lo gana un latinoamericano, si bien es la segunda obra en español. En 1997 lo recibió Javier Marías por Corazón tan blanco. Otros autores que están en la lista son los nobel Herta Müller y Orhan Pamuk. 

En la edición 19 del Impac participaron 152 obras, todas escritas o traducidas al inglés. El ruido de las cosas al caer la tradujo Anne McLean en 2013, aunque ya se puede leer en 17 idiomas más.

Juan Gabriel compitió al final con 10 novelas, entre ellas El viajero del siglo del argentino Andrés Neuman, Absolución del estadounidense Patrick Flanery, El jardín de las brumas del malasio Tan Twan Eng, Diez gansos blancos del holandés Gerbrand Bakker, La muerte del padre del noruegoKarl Ove Knausgaard, Tres mujeres fuertes de la francesa Marie NDiay e y Questions of travel de la australiana Michelle de Kretser. Escritores y novelas de todas partes.

El colombiano recibe 75 mil euros (casi 200 millones de pesos) y la traductora 25 mil (casi 50 millones).

Esta novela ha sido la más exitosa de Juan Gabriel. Además del Alfaguara en 2011, se ganó el English Pen Award 2012 y el Gregor von Rezzori-Città 2013. También fue finalista del premio Médicis, del Bienal de novela Vargas Llosa y del The Independent Foreign Fiction 2013, uno de los más prestigiosos.

Un reconocimiento más, que hizo emocionar al escritor. "A menudo he dicho que hay dos libros que me llevaron a ser escritor: Cien años de soledad, que leí cuando tenía 16 años, y Ulises, de Joyce, que leí tres años después. Siempre me he sentido como en casa tanto en Dublin como en la literatura irlandesa. Así que en más de un sentido, este premio es una especie de regreso a casa", dijo Juan Gabriel, en sus primeras declaraciones.

Un premio más con el que el autor hace más ruido, no al caer, sino al ganar.

ENTREVISTA

Pura emoción

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ 
Escritor

Un premio más...


"La lista de los premiados es especial para mí como lector. Desde novelas como Corazón tan blanco de Javier Marías, que me ha influenciado, hasta las últimas novelas, por ejemplo la de un irlandés, Colm Tóibín, que es uno de los escritores de su generación que me interesa. Es una lista fantástica y estar ahí es un honor, y ser el primer latinoamericano que gana, pues doblemente".

El ruido sigue resonando

"Ha tenido una vida más allá gracias a las traducciones, que siguen saliendo, y es leído en contextos distintos. A pesar de que lo publiqué hace tres años, que tenga esa vida larga es fantástico y ya vendrán otros".

¿Qué tiene que gusta en otros contextos?

"Creo que aunque el escenario y la problemática social e histórica es muy colombiana, el libro, como todas las novelas que a mí me interesan como lector, habla de temas universales. A mí no me interesa Tolstoi porque describe a la Rusia de su tiempo, sino porque me habla de temas morales, humanos, que yo entiendo inmediatamente. Con esta novela pasa lo mismo. La gente entiende que más allá de su contexto colombiano, habla de cosas que le importan a todos, como son las relaciones humanas o el hecho de vivir en una sociedad amenazada por un tipo de violencia impredecible".

¿En qué anda?

"Estoy escribiendo un libro nuevo, pero no estoy ni siquiera muy seguro que sea novela. Creo que sí, a pesar que está muy apegada a la realidad y que el narrador soy yo. Es una historia sobre algo que pasó en Colombia en 1914 y no puedo hablar más porque García Márquez decía que si uno habla mucho de los libros acaba por no escribirlos".

EN DEFINITIVA

Juan Gabriel Vásquez recibió un nuevo premio internacional, el Impac, por su novela El ruido de las cosas al caer. Compitió con 152 títulos de todo el mundo y recibe 75 mil euros.

lunes, 19 de mayo de 2014

Noticia de interés

Escritores que se llaman distinto

Los nombres de los autores son, algunas veces, un juego literario, que hace parte de lo que quieren ser.
Por MÓNICA QUINTERO RESTREPO | Publicado el 19 de mayo de 2014
El nombre de Gabriel García Márquez debió ser Olegario, que era el santo del 6 de marzo, porque en ese entonces, 1927, se usaba ir a mirar el santoral para nombrar a los bebés. Nadie tuvo a la mano el santoral ese día, en que el primogénito de Luisa Santiaga casi se estrangula con el cordón umbilical. Le pusieron, de urgencia, el primer nombre de su papá, Gabriel, y el de José, el carpintero, por ser el patrono de Aracataca.

También se salvó el Nobel de tener un nombre que no hubiera cabido en las tapas de los libros. "Misia Juana de Freytes —contó él mismo en Vivir para contarla— propuso un tercer nombre en memoria de la reconciliación general que se lograba entre familias y amigos con mi venida al mundo, pero en el acto de bautismo formal que me hicieron tres años después olvidaron ponerlo: Gabriel José de la Concordia ". Los libros, no obstante, olvidaron el José.

No a todos los escritores les ponen un nombre de escritor, es decir, que tenga un algo de sonoridad, un algo de poesía o un algo que le interese al editor. Entonces el nombre empieza a acomodarse a las necesidades.

Son varias cosas, como querer un nombre bonito, que uno de los personajes se vuelve creador, que alguien fue primero escritor y ya usó el nombre, que el mercado necesita un nombre más corto, más vendedor y, sobre todo, "hace parte de lo que uno quiere ser en la literatura. Un poco todos tenemos nuestro toque vanidoso", explica Paula Dejanón, coordinadora de Estudios Literarios de la UPB.

Algunos se quitan el nombre que no les gusta, otros se ponen un seudónimo, aunque ahora no se use tanto, salvo para los concursos. Darío Jaramillo Agudelo, el poeta y editor, al que su editor en sus últimos libros le llama Darío Jaramillo, sin el Agudelo, dice que "hay, también, nombres que parecen seudónimos, como el del poeta mexicano Amado Nervo, que se llamabaAmado Nervo".

A Darío no ponerse el Agudelo le da lo mismo, y aún más dejar el de Jesús, que nadie lo ha llamado así, salvo sus amigos cuando se quieren burlar, pero cree que los nombres cortos ayudan a la memoria. Tal vez por eso Julio Cortázar se quitó su segundo nombre, Florencio, y su último apellido, Descotte. 

Lo mismo le pasó al colombiano Evelio José Rosero Diago, que terminó siendo solo Evelio Rosero."Eso fue un juego conmigo mismo", dijo en una entrevista en El Colombiano, en 2012. A veces firmaba Evelio José Rosero, Evelio Rosero, Evelio J. Rosero, a veces completo. Hacía todas las combinaciones posibles. "De veras era un capricho, el momento anímico en el que me encontrara". Los editores, en cambio, le sugerían un nombre uniforme, para que el lector lo encontrara.

Hay más ejemplos. Pocos saben que Héctor Abad Faciolince es Héctor Joaquín, y de cuando en vez, algún descuidado lo llama por su último apellido, que es más sonoro. El argentino Ricardo Piglia es Ricardo Emilio Piglia Renzi, pero él eligió Ricardo y Piglia para él, y Emilio y Renzi para su álter ego, que está en todos sus libros.

Virginia Woolf no fue siempre Virgina Woolf. Su nombre era Adeline Virginia Stephen. Woolf era su apellido de casada.

Macedonio Fernández, el escritor argentino —comenta Darío Jaramillo —, quiso ser presidente y dejaba papelitos en los cafés donde invitaba a votar por Macedonio. Llamarse Macedonio le ahorraba el apellido.

Santiago Roncagliolo, por el contrario, se ahorra el nombre. En su familia circulaba la leyenda de que su tatarabuelo era contrabandista y "se puso este apellido impronunciable para que nadie pudiera escribirlo bien en los documentos, y lo ha logrado. Han pasado más de cien años y aún nadie puede escribirlo bien". Solo que después de que se recuerda, no se olvida.

Nombres inventados
La otra historia está en los seudónimos. 

Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto desde joven fue Pablo Neruda, para no incomodar a su papá, que no quería que fuera poeta. 

"No falta el escritor que además de la autoría de los versos debe responder a la policía: entonces se cambia el nombre; eso le pasó a Miguel Ángel Osorio, que salió por Barranquilla llamándose Ricardo Arena les y después se llamó Main Ximénez y terminó siendo Porfirio Barba Jacob", cuenta el poeta y editor.

León de Greiff firmaba con su nombre de pila, pero en los libros se desdoblaba en otros yo, que fueron más de 70, "todos con su propia fisonomía —inventada— y su propia biografía, también inventada". Algunos fueron Sergio Stepansky, Leo Le Gris, Gaspar de la Noche, Matías Aldecoa.

Tal vez no les importaba. Tal vez, como expresa Paula, fuese un juego de exploración poética, de observar su identidad literaria, pero, sería lo mismo leer a María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga y no a Gabriela Mistral y Samuel Langhorne Clemens y no a Mark Twain

EN DEFINITIVA

Los nombres de los escritores no siempre son los que les pusieron al nacer. Muchos se lo cambian, otros lo acomodan. Puede ser gusto, sonoridad o consejo.

miércoles, 23 de abril de 2014

23 DE ABRIL DÍA DEL LIBRO Y EL BIBLIOTECARIO

Poema de los dones
Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
A unos ojos sin luz, que sólo pueden
Leer en las bibliotecas de los sueños
Los insensatos párrafos que ceden.
Las albas a su afán. En vano el día
Les prodiga sus libros infinitos,
Arduos como los arduos manuscritos
Que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
Muere un rey entre fuentes y jardines;
Yo fatigo sin rumbo los confines
De esta alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
Y el Occidente, siglos, dinastías,
Símbolos, cosmos y cosmogonías
Brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
Exploro con el báculo indeciso,
Yo, que me figuraba el Paraíso
Bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
Con la palabra azar, rige estas cosas;
Otro ya recibió en otras borrosas
Tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías
Suelo sentir con vago horror sagrado
Que soy el otro, el muerto, que habrá dado
Los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema
De un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido
Mundo que se deforma y que se apaga
En una pálida ceniza vaga
Que se parece al sueño y al olvido.
Jorge Luis Borges